TRANSFORMANDO

“La comodidad nos ahorra esfuerzo, pero también puede quitarnos atención, paciencia y carácter.”

En enero de 2007, el violinista Joshua Bell entró al Metro de Washington vestido como cualquier músico callejero. Colocó frente a él el estuche de su Stradivarius y, durante 43 minutos, interpretó algunas de las piezas más exigentes de Bach. Poco más de mil personas pasaron a su lado. Casi nadie se detuvo. Días antes, Bell había llenado una sala donde escucharlo costaba decenas de dólares; aquella mañana, sin escenario ni anuncio, su talento parecía valer apenas unas monedas.

El experimento suele explicarse como una prueba sobre nuestra incapacidad para reconocer la belleza fuera de contexto. También habla de algo más cotidiano: vivimos tan ocupados en llegar que dejamos de mirar el trayecto. Nos acostumbramos a que lo valioso venga anunciado, empaquetado y recomendado. Si no aparece en el lugar previsto o exige detenernos, lo pasamos de largo.

Dos décadas después, esa prisa se combinó con la comodidad. Pedimos un automóvil para recorrer dos cuadras, comida preparada para evitar veinte minutos en la cocina y una entrega inmediata de algo que podríamos comprar caminando. La tecnología no es el enemigo; ha resuelto problemas reales y nos ha devuelto tiempo. El riesgo comienza cuando la herramienta se convierte en hábito y el hábito reduce nuestra tolerancia a cualquier esfuerzo.

Entonces confundimos una espera con una ofensa, una dificultad con un abuso y una obligación con una carga intolerable. Queremos respuestas instantáneas, resultados sin proceso y cambios que no alteren nuestra rutina. Esa lógica también llegó a la vida pública: pedimos calles limpias mientras tiramos basura, seguridad sin denunciar, movilidad sin respetar el semáforo y mejores gobiernos sin involucrarnos en lo que hacen.

La ENVIPE 2026 del INEGI acaba de ponerle números a una parte de esa costumbre. Durante 2025 ocurrieron 33.8 millones de delitos en México y 93.4 por ciento no se denunció o no derivó en una carpeta de investigación. Cuando más de nueve de cada diez delitos permanecen fuera de una investigación, también vale la pena preguntarnos cuánto hemos normalizado que denunciar no cambie nada.

Los políticos entendieron esa debilidad. Por eso abundan las promesas sin costo, las soluciones inmediatas y los discursos que ofrecen bienestar sin explicar quién lo paga, cuánto dura o qué esfuerzo colectivo exige. La democracia, sin embargo, es incómoda. Obliga a informarse, discutir, votar, vigilar y aceptar que ningún problema serio se resuelve con un botón y menos con un discurso.

No se trata de elogiar el sacrificio ni de pensar que batallar nos hace mejores. Hay esfuerzos inútiles que la innovación debe eliminar y desigualdades que no se corrigen pidiendo paciencia a quien lleva años esperando. Se trata de conservar la capacidad de hacer lo necesario aunque resulte incómodo, de caminar cuando podemos caminar, escuchar antes de reaccionar y sostener una responsabilidad cuando desaparece el entusiasmo.

Quizá el problema no sea que aquella mañana nadie reconociera a Joshua Bell. El verdadero problema sería que hoy ni siquiera tuviéramos tiempo para descubrir qué estábamos ignorando. Una sociedad incapaz de esperar, observar y esforzarse termina aceptando al primero que le ofrezca el camino fácil, aunque después la factura resulte mucho más cara.

“La siguiente temporada de incendios forestales no comienza con la primera llama, comienza ahora, con prevención, vigilancia y presupuesto. Esperar al humo para actuar vuelve a convertir una tragedia anunciada en noticia.”

Es tiempo de los ciudadanos No Acostumbrados.

El autor es empresario, analista y expresidente de la CANACINTRA en Michoacán.