Armando Salud Mental

Hay un dolor particularmente agudo que no nace de la hostilidad de un enemigo, sino del silencio de quien alguna vez extendió la mano para recibir nuestra ayuda y terminó usándola como escalón. En la vida cotidiana, en los pasillos del poder corporativo, en la política o incluso en las dinámicas cotidianas, la traición perpetrada por un protegido o un aliado cercano es un fenómeno tan viejo como la humanidad. Sin embargo, cuando observamos a ese individuo capaz de pisotear la mano que lo alimentó con tal de alcanzar un puesto o un beneficio personal, la pregunta obligada va más allá de la simple queja moral: ¿qué pasa en la mente de quien traiciona sin mirar atrás y sin importar a quién?

Desde la mirada psicoanalítica, la deslealtad no es un tropiezo oportunista; es la manifestación de una estructura de personalidad profundamente fracturada. El/la traidora suele manifestarse desde el “narcisismo patológico” que se refiere a la falla en el desarrollo donde la energía psíquica (libido) queda estancada en el propio yo en lugar de dirigirse a los demás. Esto genera una autoestima frágil, grandiosidad compensatoria y una profunda incapacidad para establecer vínculos empáticos y genuinos. Las personas desleales también manifiestan rasgos psicopáticos, es decir; se caracterizan por una ausencia de empatía, falta de remordimiento, y una manipulación superficial. A diferencia de otros trastornos, los psicópatas suelen mantener un control total de la realidad y actúan de forma fría y cínica para lograr sus propios fines. Para estas personas, el otro no existe como un sujeto con deseos, derechos o dignidad. En la teoría de las relaciones objetales, el prójimo es solo una extensión de sus propias necesidades: un instrumento para ser usado y, posteriormente, desechado cuando su utilidad ha caducado, o sea si ya no me sirves te desecho. Quien es ayudado y paga con traición, padece de una severa incapacidad para procesar la gratitud.

La gratitud requiere reconocer la propia vulnerabilidad: admitir que se necesitó de otro para crecer. Para el/la narcisista, este reconocimiento es insoportable porque hiere su fantasía de omnipotencia y autosuficiencia. Sentirse en deuda genera un sentimiento de inferioridad que su frágil ego no puede tolerar. Por lo tanto, mediante un mecanismo de defensa conocido como desvalorización, el traidor reescribe la historia en su mente: minimiza la ayuda recibida, convenciéndose de que su ascenso se debe únicamente a su propio mérito y que el benefactor o quien le ayudó, en realidad, “le estaba frenando”.

Detrás de la fachada de la buena persona, servicial y amable, se encuentra la traición implacable, la persona fría y calculadora, lo que verdaderamente en esta estructura de personalidad es una profunda “envidia primaria”, que se refiere al impulso destructivo innato que surge desde los primeros meses de vida y que en las personas adultas, se manifiesta como el deseo inconsciente de arruinar o dañar lo que los demás poseen (éxito, felicidad) porque despierta una profunda sensación de insuficiencia. No envidian sólo el puesto o el beneficio material; envidian la capacidad del benefactor de dar, de ser generoso y de poseer una solidez de la que ellos carecen. Destruir el vínculo de lealtad es un intento inconsciente de sabotear aquello que los hace sentir menos.

Al final, la psicología de quien traiciona por un puesto nos revela una paradoja trágica. Aunque logren el éxito material o el cargo deseado, habitan un desierto emocional. Al no haber internalizado la ley de la lealtad ni el valor de los lazos humanos genuinos, quedan atrapados en la paranoia: quien asciende traicionando vive con el terror constante de ser traicionado, proyectando en los demás su propia miseria interna.

La traición puede otorgar una victoria inmediata en el tablero del poder, pero desde el punto de vista del desarrollo psíquico, representa la quiebra absoluta del sujeto, condenado a devorar y ser devorado en el vacío de su propio ego.