Editorial
El Quinto Informe de Alfredo Ramírez Bedolla se presentó entre el normal triunfalismo oficial de Casa Michoacán y el crudo escepticismo de la calle, de la brecha. A un año de concluir el sexenio, el mensaje de la transformación choca con una realidad social que no se arregla con discursos complacientes.
Lo bueno radica en el orden financiero, la recuperación de la educación y la inversión histórica en obra pública, eso sí: sin la sombra de la deuda pública. Logros contables plausibles, pero resultan insuficientes cuando el desarrollo se concentra en las grandes zonas urbanas y olvida los alrededores.
Lo regular se observa en una pacificación que camina a cuentagotas y bajo una narrativa oficial que confunde la contención con la solución. El mandatario reconoce los retos pendientes, admitiendo de forma implícita que sus estrategias todavía no logran echar raíces sólidas en el estado.
Lo malo estalla con la sospecha de cifras maquilladas en homicidios y una violencia delincuencial latente que la oposición fustigó con severidad analítica. Si, gobernar con estadísticas alegres aleja al Ejecutivo de las víctimas directas, ensombreciendo de forma tajante el desenlace de su gestión institucional.
Colofón: Bedolla presume un estado que camina, mientras los michoacanos sorteamos baches y realidades cotidianamente latentes.
